Pan con chocolate

     11041096_743086739151958_3454165250158476323_n     Juliana goza de una mala salud de hierro, y así tiene al galeno descorazonado, pues apenas él diagnostica en una dirección ella se empeña en enfermar por la opuesta. Los descendientes muestran descontento ante las preguntas de rigor, tomando por impertinencia lo que es caído del cielo en estos casos. Por estúpidos y aprovechados son tenidos dentro de la comitiva que escucha las cuitas de la tía a través del patio de luces. Su sobrina preferida la idolatra en silencio desde una melancolía holgazana, que nada bueno aporta al carácter y de todo preserva en exceso; ante los demás arruga el ceño y con la mano tonta coge el pan con chocolate que la soltera le tiende. En las noches festivas cuando los mozos buscan revuelo y calor, la muchacha prefiere la butaca baja con cojín moruno, y se sostienen el orgullo mutuamente, asombradas ambas del parecido de sus manos a pesar de la imposibilidad genética. “Eres mi tía Tula, la castrada en el querer, la cobarde que inventa excusas para no ofender a una muerta, cuéntame si tienes un Ramiro…”. Juliana le reparte besos por las mejillas, bendiciones que alcanzan para inyectar fuerza a sus ganas de destacar un poco más entre hermanos tan mediocres. La niña de sus ojos fue adoptada en un paréntesis de mala fortuna para aquellos padres, que perdían el fruto del vientre en cada intento de formar familia; más tarde todo devenía en su contra en los repartos y evaluaciones, parecía endeble, poco tenaz, influenciable… Más fea que los guapos, separaba la paja del grano en las discusiones y siempre se lo contaba a su tía, intentando encontrar sentido a la ceguera de su madre y al cinismo del padre. Cuando le pusieron la mano encima dejó de hablar durante un mes y se mudó a la cara oculta de la luna. Alguien supuso que traería consecuencias y hablaron con un abogado. Juliana adquirió pronta dos pasajes en barco y aniquiló la culpabilidad que rondaba sus cabezas. Fueron días raros y calurosos.

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La niña china no habla inglés II

     Katie suele esmaltar sus uñas en un rojo sangre descatalogado desde hace seis meses. Siempre es el mismo aplicado en dos capas finas sobre la superficie, más un protector del brillo. Tras la puerta de un armario de acero, junto a las cajas de pastillas amarillas, duermen perfectamente alineados diez botes del codiciado esmalte. Prometió hace más de veinte años cometer nuevos errores, tras haberse flagelado con vehemencia por los ya superados.

    “Cena de cortesía con Max y Petra a las seis y media, recibir las flores, recoger el vestido de la modista, aplicar la mascarilla mientras disfruto el masaje e ineludiblemente completar la conferencia por Skype con los padres de John”. El micrófono de la grabadora se mantiene abierto los segundos necesarios para probar que la mujer que emite el sonido no es una máquina: transpira, duda, expele odio, preocupación, asiente, ensaya muecas, se toca y reconoce su firmeza… Los jueves y domingos corre del orden de una hora y media alrededor de tres avenidas y una plaza; los gimnasios son alternativas tan masificadas que no permiten un cómodo fluir de miradas, por lo tanto bajan cien puestos en el baremo y  en su lugar vuelve a subir el interés por el entrenador personal. Jim consumió drogas hace quince años y perdió a su hermano en un accidente de coche. Jamás ha reído demasiado fuerte cerca de ella, ni ha consentido bromas sobre la colchoneta o en la piscina. Responde francamente a las cuestiones profesionales y es cruel con las estupideces de mujeres de naturaleza febril. Con Kate es innecesariamente seco, aunque no posee más que una simple razón: Ella es el vivo retrato de un amor imposible, más virtual que carnal, tan perecedero como la primera mentira enmascarada. Katie no lleva ropa interior cuando se calza las mallas ni siente un atisbo de remordimiento, tan solo se avergüenza si Jim la mira a los ojos negando lo evidente. Existen distintos niveles de persuasión así como mil maneras de enmascararla, siendo obvio que por ahora ambos compiten en categorías opuestas.

    13173796_1563895263908215_745770572775336915_n“He ganado dos kilos, debo practicar más sexo o correr la maratón de Nueva York, hablaré con Jim sobre el asunto. Quizás debiera despedirlo, o invitarlo a cenar en “Chef Manu”.  Hoy no lo decidiré. Quizás deba dejarme de tonterías y enviar a mi hija a Canadá. Odio a Petra y sus cenas tan aburridas; por otra parte me detesto por tener un carácter tan voluble y sacarlo a relucir sólo en los tribunales o en esa maldita tintorería llena de chinos”.

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La niña china no habla inglés

     FB_IMG_1427483000515“Hace un calor sofocante en este antro. Se les ha roto el aire acondicionado y estos inmigrantes son absolutamente negados para aprender el idioma, Dios, ni con señas me comprenden… Podrían estar estafándome desde hace cinco años con su bobalicona sonrisa sin ojos. No pienso calmarme, me tomarán por idiota si cedo un ápice de amabilidad. Dame mi puto vestido niña china, mientras rebuscas el cambio en ese delantal impresentable”.

Katie lleva la mano vendada por un forcejeo con una compañera de bufete. Ambas son unas arpías lujosamente preparadas para escalar puestos en el mundillo jurídico. Por lo visto han compartido algo más que perfume y carta de vinos en “Cronemberg”. Sabotear discos duros es un entretenimiento para Kate, jamás realizado por ella misma sino encargado a Mario, mediante mensajes encriptados y pagos desviados a cuentas sin rastreo. Propina en especie y clases particulares de yugoslavo, perfecta combinación. Es jueves de neblina y corazones embalsamados. El suyo duerme bajo llave. Ese reducto de Londres huele a curry y ropa de segunda mano, posee sus propios rateros de prestigio y alguna duquesa venida a menos tras los escándalos de Noviembre. Toma un taxi con conductor caucásico y dicta el nombre de la galería de arte que la espera con quince minutos de retraso. Tres horas más tarde con un negocio en ciernes y el lápiz labial destruido, recordará que olvidó la funda de la tintorería en el asiento de atrás del vehículo; habrá perdido unas quinientas libras más el esfuerzo por resultar poco abrumada. Katie es una de esas mujeres que disminuye en categoría cuando se desnuda, una lástima pues pasa mucho tiempo de esa guisa. Mengua de forma considerable el encanto de su rostro si no es admirado junto a tacones de aguja y la falda estrecha. Aumenta el candor estrepitosamente cuando duerme doce horas y sonríe a su hija. Esta noche volará a Bruselas y el avión explotará, o eso cree haber soñado mientras jadea bajo el peso del tratante de arte que le han presentado.

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Marnie, la ladrona

     En la dulce insensatez de lo prohibido, duerme la cleptómana. Pediré permiso más adelante para relatar su historia; acabé conmovida hasta la médula cuando me tomó la mano y depositó en ella el fruto de su primer hurto no descubierto, naturalmente: una pulsera de extrañas formas, francamente pesada que resplandecía cual joya real. Rechacé por tres veces el detalle pero se le iba el alma en convencerme y dada su edad y fragilidad mental, asentí.  Mi visita había despertado la curiosidad de los vecinos y de un familiar político que me interrogó en la misma estación de tren. De ayudarme con la maleta nada, pero la impertinencia de éste rozó la paciencia que me adorna desde, diría a bote pronto, la pubertad de mis once primaveras ya tan ajenas. Contesté grosera y estirada, con la fuerza moral que otorga conocer de raíz el origen de la inquina humana. Era un apéndice de pueblo, una pedanía olvidada de la mano de Dios la cuna de mi entrevistada. Semanas antes llovió a cántaros y abatida por tan mal presagio llegué calzada con botas de agua y tejanos algo ajados. Un neceser de cosmética y tres cambios de vestuario para cuatro días fue lo aconsejado por mi pareja; a ello me atuve renunciando al barroquismo que me caracteriza, y ciertamente evité los espejos por no alimentar el ego rebelde y sus consecuencias. Cuando ella, la ladrona reincidente me citó en su casa, se instauró en mí un caos sentimental de matices insospechados. Tras su última estancia en prisión quedó voluntariamente enclaustrada en una habitación húmeda y algo deprimente, y además los símbolos religiosos alimentaron tendencias de abandono personal y humillación. Así la encontré distante de sus años y su cuerpo, avejentada en dos décadas a lo correspondiente según el nacimiento declarado, y con cierto pudor al descorrer las cortinas y adivinar mil ojos ocultos. Un hijo alto y gañán ofreció café y pastas; hubiera preferido conocer a su esposa que por lo contrastado con mis fuentes, había salvado a Ángela de algunos otros episodios ya olvidados.

     “Una mañana mi marido me dejó por la bebida y una vecina extranjera. Empeñó todo lo inútil y más querido para mí. Comencé a limpiar casas, bonitas, ordenadas y repletas de cosas brillantes. No recuerdo los ojos de la señora, pero sí sus gritos cuando yo intentaba abrir su vivienda sin llaves ni derecho. Con la mente nublada y los orines derramados piernas abajo no puedes pensar; quizás confundí su puerta con mi hogar o soñé que era mío o me creí demasiado lista”. Todo quedaba en tentativas, algunos se apiadaban cuando pedía perdón de rodillas con el joyero a los pies, y juraba por los dioses que era una enfermedad la que la arrojaba a los leones. Le conté entre risas y guiños que adoraba la película de Hitchcock y que ella guardaba un increíble parecido en las manos y la boca. Ella susurró: “Marnie, qué bonita”.

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Bermudas

       El atardecer suele engullir sin piedad las palabras. No convienen a un corazón sensaciones tan invasivas, por lo tanto pago el gin tonic y rompo la cadena de emociones tan usadas. Me siento observado por lugareños inquisitivos cada cincuenta metros, y además ante un idioma desconocido pliego velas y me trago el resquemor. Juré por algo sagrado seguir el consejo del galeno: Pastillas, desconexión y un suave despegue mental cerca de la costa. Esto último me ha llevado a días de cavilación y entrega de la confianza en las manos de Roxanne. El pudor me impide ser dadivoso en la narración; bien lo sabe mi compañero de huidas y reencuentros, mi querido Gerardo, quien no cesa de bendecir la suerte del principiante y pide detalles en cada misiva que me envía los miércoles sin falta. Nací parco en palabras, con los estudios justos para definir el terreno que piso y convocar a mis compadres a cervezas y chacina. De mujeres no suelo recordar colores y aromas, salvo los de aquellos guisos que me prepararon al volver de las excavaciones. Gerardo puso empeño para convertir el celestineo en arte ante mis propias narices. Su estúpida peripecia nos condujo a dos años de mosqueo y pérdida de teléfonos. Aprendí la lección y campé a mis anchas en los siguientes viajes, en los que me mantuve discreto y pasé por monje para los más allegados. Soy un novio de guerra, de melancolía gris y cartas arrebatadas. Un desastre bien parecido, sólo eso. Me enamoro de lo más nimio, débil como soy de espíritu y ancho en capacidad de disfrute. Que ni busco calor ni lo regalo, que las aguas de este río vienen mansas y que ella se desborda de cualquier apelativo, luego, ¿qué puedo explicar de la espiritualidad y locuacidad de su verbo?. Ella dispone y yo acato; sus manos cuentan historias mientras numero las pastillas dentro del bolsillo y sobrevuelo playas vírgenes. Comienzo a soñar en una lengua que me incita al buen humor. Mañana pagaré lo debido en la fonda y mudaré las cosas al centro, cerca de la oficina postal y la zona más comercial. Jamás usé bermudas, confieso el horror al ridículo y la infinita atracción por mi lado salvaje. Me mido la cintura y el ancho del muslo. Rezo en silencio y conecto el teléfono al cargador. 10402438_1385796308409500_6208429478493462947_n

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Benjamin

     Escucha, Karen, ya es Noviembre y mandas a los niños casi desnudos al patio de atrás. Los servicios sociales volverán a llamar en breve y las excusas son frágiles, se deshacen en las comisuras antes de que las pueda expulsar. No apuesto por nada bueno en un cuarto de hora y tampoco en dos meses de rehabilitación. Me preocupa la hostilidad del tendero cuando rebusco algo valioso mirando al vacío. Percibo nubes negras sobre nuestra aura. Ríete, sí, agarra al perro y arrójalo fuera con premeditación, luego emancípate de nuestras vidas por varias semanas y caza una neumonía. Llevas algo colgando del pelo, viscoso y enredado. Dame las tijeras y gira la cabeza, no soporto verte llorar tan temprano.

     Karen, ya es Navidad y nadie llamó por teléfono para enterrar el hacha de guerra. Tiene buen aspecto la cicatriz. Te cruza la cara de este a oeste y te da un punto interesante para cualquiera que no aprecie en exceso la juventud incorrupta. Han atrapado a un asesino en serie cerca de tu pueblo. Dios, te salvé la vida y aún así jamás arreglas la mesa con velas y cintas o me regalas un masaje de pies. Esta noche no dormirás desnuda en el cemento cubierto por esa estera. No permitiré que te vuelvas loca en el próximo abrazo. Es hora de retomar el sexo mas no ha de ser conmigo, no ha suponer una recaída, echaremos mano de la agenda y algo curioso y divertido amenizará las veladas. Un tipo comprensivo y sociable, eso dices cuando te complazco… No más hijos, Karen, no más individuos que criticar. Nadie como tú para rechazar el verdadero amor desde el lazo de la sangre. En los huecos te acurrucas en una hibernación mental que da pánico. No dejo de soñar con las mañanas en que enviabas tan fríos a aquellos niños al mundo tapiado y brotaban lágrimas tan sólo en mis ojos. Está pasando el camión de la basura y el conductor hace tiempo puso intención en su12391379_1512240895772376_12141365133415200_n mirada; lo noto por la delicada forma en que trata nuestro contenedor. Mañana lo sacaré yo mismo y dejaré claro que no valgo para nada.

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Manos por palomas

    Tienes una ardua tarea por delante, querido amante de lo sutil. Abre tu diario por la página cuarenta y tres. No preguntes obviedades a una desaparecida; pasarás tanta vergüenza ante mi respuesta que atrancarás la puerta con un madero, hasta que dejen de sangrar las imágenes del dormitorio. Conozco la clave para dirigir tu monólogo al punto de ebullición y así romper la caja de cristal. Pusilánime y enfermizo, palabras grabadas a fuego sobre tu mente calenturienta. ¿Qué podían conseguir mis manos salvo tu veneración eterna?. Las tomabas entre las tuyas besando cada milímetro de tersa piel, contemplando la perfecta ingeniería de mis tendones y falanges, la elasticidad y elegancia de movimientos, complacido al rememorar las tibias caricias que regalaban, generosas. En todas las mujeres venideras habrá un momento íntimo de reconocimiento carnal, donde se esfumarán caderas, vientre, senos, y labios, en un desesperado intento de complacencia en los dedos del amor. Ellas huirán despavoridas cuando yo mueva la silla o te muerda el cuello en mi fantasmal visita. Jurarás por los dioses que tu amnesia es incurable. Yo era zurda y te encantaba.

Traigo en mi seno el consejo que no seguirás, la advertencia quemada en el incendio de tu rabia, la solicitud de libertad para el remordimiento secuestrado y la certeza de que en el mar de otros besos te ahogarás, tarde o temprano. Recuéstate durante mil años en la hierba que crece obediente, voltea el anillo desasistido en un último intento de ensartarlo en algo bello, madura en la espalda de una desconocida, y finalmente engendra algo verdadero en honor a lo que vivimos. Voy a morir convertida en estigma. Manos por palomas y un último quejido atrapado bajo mis uñas.

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El corazón opositor

     Amo a esa mujer desde un silencio sepulcral. Suelto amarras en cada cambio de estación, y hago inventario de inconvenientes. Busco sobrevivir a pesar de esta sed devoradora que me hunde en bares y lupanares hasta empadronarme en ellos. He bebido de otras fuentes hasta mojarme los huesos y sentir la artrosis del sentimiento. Ellas, todas las demás, tan presuntuosas y yo tan decepcionado… Tengo un amigo que las trata como plantas de interior; riega sus oídos con estupideces y siembra la semilla dulce de la huida con coartada. Cuando son arrojadas a un taxi, las traigo a casa con argumentos honestos porque ninguna merece amanecer sin motivos para perdonar. Nunca nos enamoramos. Pecamos por omisión.

    Odio a esa mujer porque llegó tarde al umbral de mi ilusión. Mientras detesto su cabello y su giro de cabeza, presiento que soy injusto, y que algo de felicidad perfumada de magnolia aún resta en mis duelos. Cada noche provoco un incendio de recuerdos y yo mismo lo atajo asustado. El molde de sus manos guardo en la vitrina y en cada nueva concubina busco las suyas; más todas son torpes muñones que arañan mis sentidos. Madrugo para esquivar a la mala suerte y corro a poner velas y a pedir limosna junto a los lisiados, pues yo soy el peor de ellos, un excombatiente inútil, un barrendero del lamento de mis labios y el rastro baboso del borracho.

    En uno de estos forcejeos del corazón cometeré una imprudencia y alguien pensará que soy un animal o un enajenado irresponsable. Mientras tanto busco a ese amigo tarado y jamás le hablo de mi ángel, por no contaminar la historia. Jamás hemos creído al otro. Pierdo la paciencia si no caigo pronto en una amable rutina. Espero.

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La araña y la mosca

      8.35 p.m. Austin, una gasolinera entre pueblos fantasmas.

16730384_1375181859206762_7767095383014298992_n¿Sacará alguien a mi perro antes de que olvide mi olor?. Es el pensamiento recurrente de mis últimas dos horas en un duermevela quejumbroso, tras conversar a solas con mi suerte. He sido violada, eso lo sé, siento la suciedad taponando mi libertad. Además me han robado y  tres profundas puñaladas adornan mi ya debilitada piel. Tanto ácido esperando por mi cuerpo, un buen hoyo excavado con cierta premura y dos dientes menos. Huele a hierro y mendicidad. Es la sangre coagulada sobre el recuerdo de los pasos que di hasta llegar al infierno. Me siento observada por una araña y su víctima, pero no harán nada por mí, ni siquiera rematarme o sacarme de la duda. Espera, hablo sola, agonizo tras la puerta de un retrete y aún me considero afortunada por no haber perdido el anillo y las llaves. Me lo advirtió una medium hace quince años y  justo ahora quisiera abrazarla para subir su estima y dejar este frío en otros huesos. Ella me tomó la mano y me previno contra los pelirrojos, las salamanquesas y los tipos demasiado elocuentes. No encuentro el zapato izquierdo, ni motivo para este sábado tan fuera de lo normal. Escucha. Recuerdo que sonó el teléfono y una voz de ultratumba me aseguró que había ganado un premio. No lo conté a casi nadie, quizás a mi perro y al locutor de radio. Alisé las arrugas y fui feliz por dos segundos; después a toda prisa conduje hasta que la suerte se gastó. Nadie da nada a cambio de apenas unos centavos, yo te lo puedo asegurar. Algunos necesitan vomitar sobre un vestido de flores y fornicar de espaldas al beso, como en las viejas películas de serie B. Yo no deseaba el regalo, más bien anhelaba un batido gigante y un revolcón en el asiento de atrás. Un estúpido sueño en plena canícula con un devastador final para la dueña de una enciclopedia y una suscripción a un canal de documentales. La araña se ríe de la mosca y el dueño de esta gasolinera debe estar sordo o drogado o quizás es mala persona y no le preocupa la salubridad de su baño. Por eso mi muerte es deshonesta y huele tan mal. ¿Alguien escuchará el dolor de mi perro?.

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Anoche

       Anoche gritaste. Hace dos disputas que me hice una promesa con las uñas clavadas en la parte del brazo que más te gusta. Blasfemaste más duramente que de costumbre. La almohada está húmeda y caliente. Una mujer obesa sostiene un candil junto a mi cabello desparramado y me recuerda que comulgué con la insatisfacción, cuando aún su cuerpo hacía sombra en mi paraíso de granizo. Amo su puntualidad y detesto su sabiduría.  Ella recuerda de memoria todas mis quejas y  gestos gruñones, la primera decepción, la humillación del viaje compartido con extraños, el olvido de los partos y de las fechas. Pido silencio a mi madre muerta y le señalo tu costado y el ladrillo en mi mano, para alzar un gran muro donde lamentar el triunfo de la juventud sobre la lógica. Anoche destrozaste dos ilusiones y abonaste con tierra diabólica la herida roja y tierna. La mujer que da luz a mi mente, me muestra varios túneles excavados en mi ausencia, vasos comunicantes desde el sí más inocuo hasta la huida más inminente. Eres mi gota malaya, mi vaso rebosado, la cosquilla asesina, el aborto de la semilla desubicada… Soñé el derecho a ser respetada al alba. Tranquila y cargada de razones, te pondría en antecedentes y nos apenaría saber que ya no serías tú en mis brazos, que volverías cinco días después a esquilmar mis posesiones para llevarte algo ajeno y barato, que echarías de menos el perfume y los bailes en el ocaso de mis caderas… Prendiste fuego al bosque con tu oportunidad como antorcha. Justo entonces cesó de llover. 13393898_1042664495818776_3795914941766637695_n

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