Rodeos

     Ser un vejestorio y arruinar las fiestas con vómitos. Tomar por idiotas a los niños y exprimir su dulzura en pos del jugo. Confundir sinceridad con atropello, hasta que la vena del otro enloquece y alguien aparta todos los cuchillos del camino. Justificar el acoso mediante el reconocimiento del mal de próstata. Levantar la sospecha de que se ha vivido mucho del cuento y absolutamente en vano. Contribuir con miserias al funeral del soldado, aún siendo su abuelo, aún dolientes los brazos por aquel peso. Posar los ojos en la pulpa y enterrar las encías en el hueso. Morir justo antes de la declaración de guerra.

    22450088_359910654438009_4807678804732828403_n   El viejo sin ocupación no conoce límites y con una voz que repele, pretende conducirme al buen camino que desemboca en sus brazos. Hago como que no escucho mientras acelero el paso y tuerzo el gesto ante su insistencia. Quedan en mi garganta la carraspera de la pasada madrugada y el asco gelatinoso que no consigo deglutir si no es con el desprecio. Bien sabido es, que más vale no dar verbo al pedigüeño, ni forjar alianzas con tramposos. Paseo calles que ni nombro en mapa alguno con tal de evitar encuentros, y acumulo frustración en las pantorrillas, buenas aliadas cuando se les pide prudencia. Me recrimino constantemente esta debilidad que coloca mis defensas en tan bajo nivel, y a solas invento audacias aliñadas con insultos; dispararía éstos a sus sienes y al centro de esa lengua lujuriosa, y quizás encarcelada se engendrara en mí una fuerza de largo y paciente alcance. Busco mi sonrisa y la encuentro deshecha a fuerza de control; repaso aquella primera conversación y siento ganas de llorar. Hoy amanezco concentrada. Tan sólo han sido dos rodeos a la manzana; planeaba tres cuando la vi a ella, algunos años más joven que yo, no más de cinco, consciente de su propia belleza y sin embargo ajena al chisme o halago. Varios lobos apostados y tras ellos la hiena, complacidos por la aparición que arroja nuevos estímulos al paisaje. Me alcanza la vista para comprobar la huida envuelta en lágrimas, y el aullido que amenaza la peor de las tormentas. Compro un tirachinas y comienzo a practicar la puntería, y siento por vez primera, cómo se gesta una úlcera de estómago en connivencia con la más alta presión arterial de la historia.

 

 

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La saliva asustada

      17353239_1757362811260182_6765816417680552922_nHace tres semanas que no hablamos de ello aunque su barriga sigue creciendo a un ritmo desenfrenado; lejos de cualquier cálculo que hubiéramos hecho antaño, la cuestión es que pronto no podrá viajar en avión. Un vuelo inaplazable y un continente distinto nos desvelan siempre a las cuatro de la madrugada; ella me abraza por la espalda e intenta que yo sienta lo mismo. Reconozco mi profunda limitación para amar si no admiro, así pues dudo entre confesar o fingir; observo la hora y ya son las seis. Y si lo sabe, ¿cuánto durará esta agonía?. Amanecen sus ojos envueltos en lluvia porque la pareja griega del adosado se complace mutuamente en un baño pendiente de insonorizar. Aparto el cabello de su frente y le comento que todo pasa, incluso las construcciones de los 90 y el dolor de muelas sin analgésicos. Nadie ríe ya en nuestra casa, salvo la señora de la limpieza, madura y socarrona. Geraldine la contrató simplemente por el precioso acento sureño con el que pidió las vacaciones pagadas, mas echarlo en cara resulta antinatural a estas alturas , y a escondidas recojo las copas rotas dentro del lavavajillas. Llevo varios meses viendo a una economista sudafricana; la extraño cruelmente los martes, aunque el domingo aplaudo aliviado su retirada. Practicamos idiomas si los gemidos desocupan la boca, y cuando transcurridas las mieles ella toma del respaldo la falda, derramo un ojalá sobre su vientre plano y firme. “No somos felices sino prácticos”, declaramos a través del fax, como dos peces en el acuario de unos ciegos. Saciado, pletórico, vuelvo a mi esposa en las inmediaciones del lujo y tomo un caramelo mentolado. Nunca por placer, sino por miedo, con la saliva asustada y los ojos escudriñando las esquinas en busca de una ambulancia. En ocasiones hay una vecina que charla animada con mi suegra, recién desembarcada en este infierno. Geraldine agarra a ésta de la muñeca y le hace prometer que no morirá hasta que todo explote a nuestro alrededor, incluso su vientre ahuevado. A veces nos tomamos las manos para bendecir la mesa, y entonces sonrío porque calculo que podré ver cinco películas durante el vuelo. Apagaré el móvil, robaré un diamante, perderé la maleta…

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Nicaragua os necesita

      27355806_746390972226818_3136026822672047050_o     Esta mañana encontré el tierno papel que te otorgó propiedad sobre estos huesos; en cinta rosa y perfumada, la sentencia o poema, no sé bien, me recomendaba callar al ser observada. No debí oponer lo bastante mi codo a tu fuerza y así, contenta la sociedad con el trato, fue como empecé a importarme un carajo. En consecuencia, heredarás mi mejor perfil, la suavidad de la piel más escondida, el amuleto que viaja por mis venas y unos versos trashumantes. Aquéllos que sufrieron de hambrunas en la época de mi escasez jamás recibieron prebendas, ni gozaron de nostalgia al filo de la madrugada. Dichoso tú, que haces negocio con mis miradas de estraperlo y alivias tu conciencia aireando esta mezquina forma de amar. Y si antaño tuve una intuición sobre tu sinceridad, perdí la pista cuando volví la espalda a los que advertían del peligro. Muero y resucito más sabia en contadas ocasiones. Besas mi frente y eres tú el corrompido. No obstante, no llega todavía la hora del juicio final a esta memoria; como un dictador en horas bajas, la someto a terceros grados que me avergüenzan por los azotes y sus consiguientes silencios. Y es que a tientas doy con la razón que me mantuvo a tu sombra, a punto siempre de descolgarme por aquel carácter mío hasta la azotea de tu cerebro, donde crecía una amnistía a juego con las faltas que me inventabas. ¡Qué más da no merecer ni ambicionar!. El destino ha debido enquistarse o pudrirse; huele a diez mil hospitales en código rojo y los semáforos en contra. Coge el momento más enjaulado y hazte el filósofo en tu balsa de lágrimas, yo te digo cómo. Mi consejo es gratuito, lógico, a medida, y ante todo, funda una misión en Nicaragua pero no le des mi nombre.

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Dilo en húngaro

      25734092_1363804927079861_2813811918648900013_o     Han falseado nuestros documentos, simulado cartas de despedida y metido a los cinco en un avión esta madrugada del viernes. Nos esperan a diez días vista en Estambul, con la palabra del manager empeñada y un adelanto de la colección privada, que como tema principal de la exposición ya está siendo anunciada en varios medios escritos. No llegaremos a tiempo a nuestras vidas ni quizás a la muerte, todo parece tan precipitado… Mis padres deglutirán la mentira sin masticar, pero mi hermana y su marido mantienen nuestro contacto tan vivo como les es posible, con llamadas cada tres días y visitas al estudio de Michael, que todos conocemos como mi segunda casa y el primer refugio seguro tras el proceso. Ellos darán la voz de alarma y removerán cielo y tierra, o eso creo. Si todo ocurre por algo, espero acabar con la incertidumbre en pocas horas. No conozco a los cuatro compañeros de viaje, cuento a la tripulación y es escasa, presiono el timbre con las manos esposadas. Llueve a raudales entre turbulencias y blasfemias en húngaro… Lo aprendí junto a Nina y ahora comienzo a entender.  El año de mierda recién rebasado nos tuvo a la defensiva a toda la comunidad de artistas, especialmente a ella, que cerró varias sedes de su obra en capitales europeas mientras trabajaba clandestinamente en un sótano con mala luz y demasiada humedad. Así contrajo una neumonía que la alejó del grupo y la recluyó en el Sur de Italia, hasta bien entrados los setenta. Cuando me detuvieron, pedí el nombre del chivato, o al menos del que más negocios ajenos se estaba embolsando desde cualquier punto del país; saqué mis propias conclusiones por las visitas recibidas y las ausencias soportadas. Era un plan estúpido desde el susurro de la idea en mis oídos: “La droga irá camuflada en los marcos y refuerzos de los cuadros, de descomunal formato y peso, mientras las excelentes medidas de seguridad cuidarán con esmero toda nuestra mercancía”. Pinté a destajo durante meses, aunque la brutal aparición del miedo me paralizaba los dedos cuando menos lo esperaba. Empecé a consumir esporádicamente de aquello que enviaba, hasta que Michael me llevó a la prisión en una visita guiada, donde conocí a Gabriel y al grupo de activistas que ya jamás dejaría de frecuentar. No tenía sentido cometer locuras propias, si el resto de la humanidad se erigía en maestro y siempre las perfeccionaba.

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Filomena, mon amour

        Una palabra bien cargada de cianuro se atragantó en el gaznate de Filomena. Ella que siempre profetizó su propia defunción sobre las baldosas de una peluquería en un día embarrado, falleció muerta de vergüenza pues era de las que daba palabra al viento y sentenciaba. Los que llegaron a rozar su mismo aire narraban embelesados la autoridad con la que despreciaba las muestras de cariño, pues las tildaba de farsantes salvo que vinieran acompañadas de su correspondiente zancadilla, en cuyo caso se calzaba los guantes de boxeo, y se enfrascaba a gusto en la contienda. Pensaba mal de todos desde el alba hasta la anochecida, y era de tan duro carácter que aún siendo rechazada en los salones no faltaban los saludos a su paso, bien por miedo, bien por indiferencia. Dos novios tuvieron que exiliarse cinco pueblos más al norte, por no acabar a golpes con sus hermanos; los regalos y atenciones nunca la contentaban lo suficiente, pues la nueva rica desconfiaba de la mano posada en la cintura, cerca de la llave de la despensa, o del plan de boda trazado con tanta antelación. Así que los despidió con malas artes, poniendo en duda la hombría de ambos hasta el último suspiro, aunque con ello desacreditara asimismo su intachable reputación. Aquella aciaga mañana Filomena discutió con el médico, negó su edad por tres veces y rompió el estetoscopio en sus narices. Con gran estruendo abandonó el dispensario junto a una coja que vendía cupones en la esquina de la plaza. Cuando las dos mujeres caminaban en paralelo sin apenas rozarse con el pensamiento, la muleta vino a encajarse en una grieta del pavimento y ello hizo tambalearse a la vendedora hasta caer al suelo en muy mala postura. En ese infinito recorrido arrastró a la malhumorada señora hacia la desgracia, sin conocer el terrible desenlace que iba a acontecer. Con la muleta enganchada poco margen de movimiento poseía, y aún así preguntó en un hilo de voz si la otra gozaba de bienestar en tal trance. Filomena, de rodillas y ensangrentada buscaba un apoyo para levantarse y al no vislumbrar otro más favorable que ese trozo de metal, lo arrancó de las manos de su dueña no sin antes aplastar su pierna con la base. A los gritos de la pobre lisiada acudieron niños y dos jardineros que no daban crédito a las blasfemias que de aquélla boca salían. Tal fue el empeño por ofender y maldecir el mal paso, que ciega de ira se mordió la lengua hasta sentir que la perdía. Reconoció el sabor de su veneno en la punta del apéndice morado, mientras que la obscenidad se atravesaba en su garganta como hueso tozudo y bien anclado. La palabra sin embargo era hermosa, o eso dijeron los que se ocuparon de restaurarla cuando quedó libre.12088560_696553707113566_4128738858027542947_n

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La inexpugnable Canadá

     Amenaza ruina la bóveda celeste. Soy la chica de la flor depositada en la boca del tanque. Parezco la única loca que no recuerda las integrales, pues aposté por un relato canadiense en labios del catedrático, bajo las sábanas, sin más… Apenas tuve tiempo de flirtear como es debido, pues en dos segundos el amor levemente roza el hemisferio correcto, y confunde escarceos con mariposas. Lo que hagas después con ellas mutará tu razonamiento de las cosas; por ello no es conveniente dejar que se reproduzcan como delincuentes aplicadas, sino más bien acometer una selección salvaje en base a criterios ciertamente personales.
pic 3Soy la dueña del volcán más solicitado, cuya lava seduce a esquimales sin codicia; piden muy poco a cambio, si acaso un beso desde mi nariz griega y una promesa de lucha en la moqueta. Nos revolcamos como animales en celo y no me defrauda el peso de sus abrigos peludos. Desnuda parezco casi perfecta. Roban el rubí que me adorna mientras besan mis pies y los dejan a la vista de los alucinados. Son costumbres, luego nada debo reprochar, salvo que ahora tengo un trineo y cuatro perros de ojos azules. Me debo a ellos en cuerpo y alma, tal y como ordenaron mis ascendientes en sobre cerrado; así suelen darse las peores noticias, que son las que precisan de memoria para hacernos llorar en plenitud de conciencia. Echo de menos vestir como una joven casadera en plena campiña inglesa, o simplemente es rebeldía cuando me poseen tan fríamente sin girar la mejilla hacia la caricia. Los perros sueñan en voz alta por mí, y prometen morir uno por uno, en la dosis que un corazón percibe como asequible al desaliento. Las mujeres han tejido uno de sus vestidos para la ceremonia de la que nadie da cuenta. Asustada me enojo con la aventurera que llevo dentro, tomo un punzón y araño la esquina más débil del iglú. Ellos sonríen conociendo perfectamente sus preferencias y vuelven a desnudar la parte física que pretenden suya. Acuden niños a tomar apuntes de la barbilla y su mohín, de las uñas lacadas en rojo, de la torsión de la espalda, del mágico color de la nuca… Suenan trompetas en mi desespero anunciando la maravillosa aurora boreal. Confío en mi capacidad de evasión mientras cavo un túnel hasta el despacho del catedrático, allá en la inexpugnable Canadá.

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Where are you from?

    FB_IMG_1428936565882El alien confunde su misión con mi deseo; comprueba que no coinciden en ninguna de sus moléculas y entra en parada cardiaca. Si ha de morir que lo haga dentro de mí, pues mi seno fue el último refugio conocido. Vuelvo a abrir el cráter que dio luz a la bestia y delicadamente lo introduzco con dos dedos, ya que no dejo de ser un asqueroso ser humano con escrúpulos. Ceso cualquier movimiento durante quince segundos. Pretendo que arraigue aquello que ya ni siente ni padece. Contengo la respiración cinco minutos y recuerdo un salmo en latín. El pequeño engendro hace bien a mi sangre, mas algunos de mis sentidos disfrutan su locura. Allí donde siempre vi ahora escucho, donde degustaba parece ser que palpo. Juraría que soy mejor persona escondida bajo la cama en posición fetal, con las manos apretadas sobre el aborto del que nadie conoce el ritmo. Fue en los días previos al alumbramiento cuando todos admiraban mi belleza; camareros y expertos en dietética me halagaban a la salida del after hour, y les correspondía con gestos obscenos en idiomas que jamás aprendí en campamentos e intercambios. Era la semilla del diablo que me torturaba dulcemente los tobillos como una sanguijuela ávida de emociones y gemidos. En cada revolcón con hombres bien dotados se producían pérdidas irreparables. Cada embestida animaba al bicho, que acercaba su mandíbula al miembro para clavar los colmillos y hacer presa. Yo amaba envuelta en miedo y vergüenza, pidiendo disculpas a cada instante cuando ni los pechos me pertenecían, ni los labios besaban movidos por mi voluntad. Gestaba algo más poderoso que cualquier plan divino. Renuncié a contemplar estrellas salvo en el cumpleaños de mi huésped, cuando sacaba su garra húmeda para acariciar la parte más árida de mis sueños. Me advirtió que dolería, que sin embargo llegado el momento rogaría por más, que jamás tornaría a ser mi piel tan feliz y lozana como en la conexión de mis súplicas y sus silencios. Sigue dentro de la entraña, quieto y fiel a la espera del milagro, o el desgarro de los descreídos. Me muevo en su ausencia desnuda por ver si como el hombre, acude curioso al borde del abismo y pide permiso para resucitar. Nadie conoce su más íntima motivación. Desesperados, Dios y Lucifer han de tomar cartas en el asunto aunque sienten pánico.

 

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Los gozos y la sombra

     15747411_1312333165484167_5428294770670781539_nEl parto se viene encima de nuestras conciencias, apuremos la buena suerte ante el advenimiento de la virtud. Que nadie note la desesperación por la falta de medios, aquéllos que nos birlaron del maletero, y los que perdimos en la huida por el robo en el colmado. Gran Canaria, doce de Agosto, humedad y química vertidas en arena negra. Recuerdo de unos dedos entrelazados y una luna gigante sobre unos cuerpos magnéticos. Los cuatro jinetes del apocalipsis, padres al fin, pusieron precio a nuestras cabezas huecas, tiñeron de gris las posibilidades, argumentaron en contra y voltearon los sentimientos hasta hacernos perder el norte, y obviamente el tiempo. Dos contracciones sin hambre mientras cepillamos el pelo del contrario. Te conozco de pocas discotecas y cien sueños; dirían los impertinentes que corté tus alas, muéstrales que aún sabes flotar en círculos viciosos. Cuánto más sufres la espera, más hermosa te posas en mis párpados. Aún pregunto si conoces mi torpeza para sobrevivir, y si al adivinarla planeas levantar el vuelo con el fruto de los besos. Sospecho que ya tiene nombre la huida, ¡qué pocos víveres he guardado para las visitas!… Te gozaría en cada pausa del sufrimiento, y engendraría cada vez mejor, te lo aseguro, soy constante y competitivo. Se supone que debo ser yo quien alivie los picos de dolor y sin embargo tú tapas mi boca dulcemente con dátiles y cigarrillos. Nos queda la tarea de nombrar tutor, ciudad y corriente filosófica a enjuiciar, no obstante tan preocupado me hallo que casi no te amo, te miro se soslayo y me concentro en tus pechos, allí donde supe que merecía la pena acometer riesgos, y escarbar para plantar causas nobles. Tu vientre me exige celo, ahora que dudo de todo, hasta de la hora en que descubrí tu estampa. Confesar y romper las normas del respeto a uno mismo, renunciar a calibrar su peso apenas abra los ojos, dar cuerpo al canalla que he llevado dentro durante nueve meses… Comienza el expulsivo y en su culmen quedarán cercenados los excesos, en los que dejé huella muy a mi pesar: Las borracheras, orgasmos imposibles, timos a viejos, la pedida de limosna, el amor eterno.

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La dedicatoria sin amor

     ¿Qué cruel misterio envuelve a esta dedicatoria?. Todo aquel que escudriña sus signos, equivoca el mensaje; lo reciben turbio, apocalíptico y maniatado, tan ajeno a la fuente como próximo al olvido. Tres librerías de viejo acunaron el ejemplar con un trato que rayaba en desapego, y cuando en una maniobra casi enemiga fue apilado cual desahuciado, me dejé caer afortunada en una de aquellas tardes sin rumbo. Perdí a mi mascota meses atrás, por lo que buscaba una pertenencia a la deriva, un milagro encapsulado o una coordenada que me permitiera participar en el juego. En ese entonces entrelazaba mi mano con la de un calvo cinco dedos más bajo que yo. Para compensar, el elegido solía exagerar mis fallos, mientras intentaba ganar terreno físico en cada uno de los regresos, pues ante mis acometidas argumentales era costumbre enarbolar un orgullo que le nació retorcido, y marchaba por plazos cada vez más largos fuera de mi vista. Fue minando mi paciencia hasta que una noche de mente preclara, calculé el momento justo del derrame del vaso. Agarré la muy toqueteada mano de aquel señor que besaba a sorbos, y con gusto por el melodrama planteé la imposibilidad de respirar a su lado. Curiosamente atendió a razones mientras echaba de menos algo que mesar, y me aseguró que jamás sería feliz. Me abalancé sobre el pastillero y lo introduje en su bolsillo, la botella de coñac junto al abrigo, la caja de preservativos se deslizó con su inherente suavidad dentro del neceser, y aún hubo tiempo para subastar la colección de vinilos y manipular conciencias.

     14224896_1187816177948223_7318599668667312151_nEl muy canalla entretuvo mi atención en dos cuestiones, que más tarde declaré impropias de mi inteligencia; reconozco que sólo así pudo tomar el ejemplar, pues desde que fue adquirido apenas quise mostrarlo abiertamente ante sus ojos. Todo aquello que yo adoraba pasaba a ser presa fácil del resquemor, y sus actos presagiaban el ultraje sobre el disfrute que me proporcionaba su lectura. Debo agradecer sin embargo, que se tomara el esfuerzo de no cometer faltas y además redondeara la letra, tal y como yo siempre le aconsejé.

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Los vinilos serán tu perdición

     Todos los consejos caen en saco roto hasta que un día te los dan a probar, envueltos en un coágulo de sangre. Entonces cobran sentido las deudas de juego y los abortos clandestinos. Hay prisa por localizar aliados y hacerse el muerto unos minutos, aún a riesgo de que te capturen en una redada. Telefoneas a tus padres y contesta el flamante comprador de su casa con parcela y escarabajo de segunda mano. Te haces el sueco y preguntas por aquellos vinilos empotrados entre dos baldas, obsequio del señor de gris que sostiene a una niña, mientras da la mano al hijo bastardo, (foto en marco verde musgo y algo de dorado). El propietario juguetea al otro lado del aparato con dos revistas pornográficas encontradas tras el mueble bar. Respuestas cortas, un hilo de voz y una curiosa insinuación a media tarde. En cualquier otro momento del año olvidarías ese baboseo, lo apuntarías como anécdota en un pedazo de sobre y despedirías al concursante sin aciertos; sin embargo hace diez minutos que agarraste un arma blanca, la más especial de tu colección, y recitas de memoria el maldito orden en que dejaste los vinilos aparcados, mientras fundes cien neuronas de luz en un derrape.

     1544606_1438818579778863_6970739238235440301_nVentajas de vivir en una propiedad por treinta años: Conoces el punto débil de la cerradura y el olor a desagüe que el baño de arriba produce los martes. Tu vida pasa por ser una cloaca en la que te ahogarás tarde o temprano, justo al descubrir el cambio de puerta y por consiguiente, la no existencia de invitación para pasar un rato bajo el muérdago. Mas no es Navidad y no hay restos verdes colgando sobre las cabezas; existen muy pocos vestigios de piedad que suturen las heridas, y tus padres jamás te llevaron a la nieve. Del grupo de discos sólo uno merece la pena, tarareas mal y rápido, e incluso deslizas un paso de baile bajo esa apariencia canalla. Se hace tarde para ajusticiar al entrometido, o quizás aquí el tiempo corre siempre en contra. A través de la ventana de la cocina puedes ver tres herramientas de carnicero esparcidas por el suelo, un rollo de cinta aislante y un perro degollado. Cuando por fin puedes tragar tu grito desbocado, alguien más alto y loco que tú, te golpea en la nuca mientras continúa la canción por donde la habías dejado. Justo antes de perder el sentido, crees reconocer a una vecina, buena chica en sus comienzos, algo extraviada en la madurez. Parece que en las últimas horas el psicópata que compró tu hogar, ha descuidado a la prisionera y se ha cobrado una nueva víctima. Meg se tambalea desnuda y narcotizada sobre el pobre animal; desgraciadamente sólo acierta a pedir agua.

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