Los vinilos serán tu perdición

     Todos los consejos caen en saco roto hasta que un día te los dan a probar, envueltos en un coágulo de sangre. Entonces cobran sentido las deudas de juego y los abortos clandestinos. Hay prisa por localizar aliados y hacerse el muerto unos minutos, aún a riesgo de que te capturen en una redada. Telefoneas a tus padres y contesta el flamante comprador de su casa con parcela y escarabajo de segunda mano. Te haces el sueco y preguntas por aquellos vinilos empotrados entre dos baldas, obsequio del señor de gris que sostiene a una niña, mientras da la mano al hijo bastardo, (foto en marco verde musgo y algo de dorado). El propietario juguetea al otro lado del aparato con dos revistas pornográficas encontradas tras el mueble bar. Respuestas cortas, un hilo de voz y una curiosa insinuación a media tarde. En cualquier otro momento del año olvidarías ese baboseo, lo apuntarías como anécdota en un pedazo de sobre y despedirías al concursante sin aciertos; sin embargo hace diez minutos que agarraste un arma blanca, la más especial de tu colección, y recitas de memoria el maldito orden en que dejaste los vinilos aparcados, mientras fundes cien neuronas de luz en un derrape.

     1544606_1438818579778863_6970739238235440301_nVentajas de vivir en una propiedad por treinta años: Conoces el punto débil de la cerradura y el olor a desagüe que el baño de arriba produce los martes. Tu vida pasa por ser una cloaca en la que te ahogarás tarde o temprano, justo al descubrir el cambio de puerta y por consiguiente, la no existencia de invitación para pasar un rato bajo el muérdago. Mas no es Navidad y no hay restos verdes colgando sobre las cabezas; existen muy pocos vestigios de piedad que suturen las heridas, y tus padres jamás te llevaron a la nieve. Del grupo de discos sólo uno merece la pena, tarareas mal y rápido, e incluso deslizas un paso de baile bajo esa apariencia canalla. Se hace tarde para ajusticiar al entrometido, o quizás aquí el tiempo corre siempre en contra. A través de la ventana de la cocina puedes ver tres herramientas de carnicero esparcidas por el suelo, un rollo de cinta aislante y un perro degollado. Cuando por fin puedes tragar tu grito desbocado, alguien más alto y loco que tú, te golpea en la nuca mientras continúa la canción por donde la habías dejado. Justo antes de perder el sentido, crees reconocer a una vecina, buena chica en sus comienzos, algo extraviada en la madurez. Parece que en las últimas horas el psicópata que compró tu hogar, ha descuidado a la prisionera y se ha cobrado una nueva víctima. Meg se tambalea desnuda y narcotizada sobre el pobre animal; desgraciadamente sólo acierta a pedir agua.

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Acerca de losasesinatosdepeterpan

Siempre espero que el lector reconozca el límite entre el autor y su obra. Jamás creas todo lo que lees, escuchas o imaginas. Ante la aparición de una duda conecta con la respuesta más sencilla, y si no te llena, cuestiona.
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