Tsunami.

   Espero sentada en la arena a que la próxima ola te traiga. Me preguntan los pescadores si pueden ayudarme y al mirarlos fijamente descubro mi profunda vocación de zurcidora de redes. Crece mi pelo hasta la cintura, pero no dejo que nadie lo trence para ondearlo como una bandera y defenderte del más vulgar de los Tsunamis. Y tejo mil abrigos de algas, palpando las medidas de tu cuerpo entre los recuerdos desordenados. Me obligo a hablar sola por no perder el juicio, aunque de vez en cuando me llevo la contraria, tal como lo harías tú. Entonces te echo profundamente de menos. Conozco los atajos hasta la cabaña donde escondiste el cofre, pero te llevaste la llave, mi querido y desconfiado amante. Si vuelves, será en un oleaje elegante y contenido con caracolas de la suerte y relatos de combates entre tiburones. Como siempre fingiré que me has sorprendido con tu llegada y tú mentirás al decirme que jamás intentarás escapar. Pero no puedo confiar en aguas tan infieles que vuelven las corrientes en mi contra, por eso te ato a mi cintura hasta que no puedas nadar estando tan enamorado de otra, de ella, de la mar. 11011609_986682701366430_213472774539559615_n

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